
– La vista tiene menos sitio donde recrearse -prosiguió Rinaldo con crueldad-. Y ya digo que eres mucho mayor que las otras. Demasiado mayor para Toni.
– Soy tres años mayor que él y nunca he pretendido aparentar lo contrario -afirmó Donna-. Puede que él no sea el niño pequeño por el que lo tienes.
– ¿Quieres decir que quizá ha madurado? -preguntó tras una risotada irónica-. Lo dudo.
– Que tú lo dudes no importa en absoluto. Y si crees que puedes persuadir a Toni para que desista en su idea de casarse conmigo, estás muy equivocado.
– Mira, ya he jugado a esto demasiadas veces como para prestar atención a los detalles. Basta con que me digas cuánto me va a costar esta vez y asunto concluido. No te daré más de un millón de pesetas. Millón y medio quizá. Cuanto más tiempo agotes mi paciencia, menos dinero nos robarás.
– Pierdes el tiempo. Mi amor no está en venta.
– El amor no tiene nada que ver con todo esto -la atajó Rinaldo.
– ¿Y tú qué sabes? Tú no reconocerías el amor salvo que llegara con una factura detallada. Me voy a casar con Toni porque lo amo y también porque… -se detuvo. No era el momento de hablar del bebé. Antes debía reunirse con Toni.
– ¿Sí?
– Me caso con él porque estoy enamorada -insistió Donna-. Y por mucho que lo intentes, no conseguirás hacer mella en nuestro amor. Puedes amenazar lo que te dé la gana.
– Eres muy brava, signorina -comentó Rinaldo tras un tenso silencio-. Y también muy estúpida. No permito que nadie me disguste y se escape sin sufrir las consecuencias. Es… malo para los negocios.
– Esto no son negocios.
– Sí lo son, sí. Y está claro que a mí se me dan mejor que a ti. Hace un momento habrías podido ganar una buena suma; ahora lo has perdido todo, como no tardarás en descubrir.
– De eso nada. Tú descubrirás que los sentimientos de las personas no se pueden comprar tan fácilmente.
– No seas tonta -dijo con hostilidad-. Podría volver a mi hermano contra ti en cuanto me lo propusiera.
