
– Si de verdad estuvieras tan seguro de eso, no me habrías llegado a ofrecer un millón y medio de pesetas -replico Donna, contrariando visiblemente a Rinaldo.
– Intentaba dirigir nuestras negociaciones de manera y…
– No, intentabas intimidarme. Pero a mí no me intimidas: así que no pierdas más el tiempo. Intenta indisponer a Toni en mi contra. Ya verás lo que consigues.
– Pareces muy segura -dijo Rinaldo con seriedad-. Arrogante incluso. En fin, ya descubrirás que en esta casa solo hay una persona con derecho a ser arrogante.
Pero el hecho de saber que estaba embarazada le infundía valor a Donna. Toni quería aquel hijo. Él nunca daría la espalda a la madre de su bebé. Prefirió no contestar con palabras y se limitó a sonreír a Rinaldo, lo cual descompuso la expresión serena de éste.
– Has cometido una gran equivocación, signorina -sentenció él con suavidad.
– Eres tú quien ha cometido una equivocación. Y muy estúpida -replicó Donna.
Rinaldo contuvo la respiración y luego, antes de que pudiera hablar oyeron un grito proveniente de algún lugar del claustro. Un segundo más tarde, apareció un hombre mayor, también muy alto, que igualmente compartía las facciones de los Mantini, si bien su expresión no era tan dura como la de Rinaldo y se veía suavizada por su cabello encanecido. Se acercaba a ellos apoyándose en un bastón y parecía lleno de júbilo.
– Así que tú eres mi nueva nieta -dijo por fin-. Bienvenida, querida. ¡Bienvenida a casa!
Capítulo 2
Un cumulo de emociones se agolparon en la expresión de Rinaldo ante aquella repentina interrupción: el disgusto por la bienvenida que su abuelo le había dado a Donna, la necesidad de disimular su rabia delante del anciano, la confusión de no verse apoyado por aquel familiar al que respetaba… Donna pudo leer todo eso en la cara de Rinaldo, el cual, finalmente y con gran esfuerzo, se mostró educado:
