
– Abuelo, ésta es la signorina Donna Easton, de Inglaterra. Signorina Easton, mi abuelo, Piero Mantini.
– Bienvenida a Villa Mantini, pequeña -el abuelo, en vez de agarrar la mano que Donna le ofrecía, le dio un abrazo cariñoso, que ella devolvió con sumo gusto, alegre por aquella muestra de afecto espontáneo.
– Grazie, signore -agradeció Donna.
– ¡Pero si hasta hablas nuestro idioma! -exclamó radiante el abuelo.
– Dos palabras -apuntó Rinaldo.
– No seas tan gruñón -lo recriminó su abuelo-. Signorina, e felice di essere finalmente qui con noi?
Donna miró de reojo la curva de la sonrisa que Rinaldo había empezado a esbozar, convencido de que Donna no habría entendido al abuelo. Pero había entendido de sobra que éste le había preguntado si se alegraba de estar allí con ellos finalmente, y se dio la satisfacción de responder en italiano.
– Molto felice, signore. Desideravo tanto conoscere la familia di Toni.
La expresión de Rinaldo se endureció al oír lo contenta que estaba y las ganas que tenía de conocer a la familia de Toni Donna lo miró en silencio desafiantemente.
– Donna no está acostumbrada a este calor – Toni apareció detrás de su abuelo y rompió aquel tenso silencio- Entremos en casa.
– Claro, claro -con vino Piero-. María te enseñará cuál es tu habitación… María, ésta es Donna: pronto pasara a ser una más de la familia. Acompáñala arriba y haz que se sienta cómoda -le dijo a una mujer que acababa de surgir entre las sombras.
– Yo subiré tus maletas -se ofreció Rinaldo con formalidad-. Espero que todo resulte de tu agrado.
El dormitorio al que María la llevó era enorme y tenía dos ventanas altas que daban a la entrada de la casa. Las contraventanas estaban cerradas y reinaba la oscuridad. María las abrió y, con la luz, Donna observó su cama la cual tenía un bonito cabezal de nogal.
