
– Esperemos fuera, en el jardín de mi madre -propuso Toni cuando hubieron bajado las escaleras.
– ¿Loretta era tu madre?
– Sí. El jardín estaba totalmente desangelado antes de que ella se ocupara de él. Era escultora, pero lo dejó al casarse con mi papá. No quería que ella trabajara fuera de casa.
– ¡No hay derecho! -protestó Donna.
– El caso es que este jardín, con todas sus estatuas, es obra de mamá.
– Ésta de aquí me encanta -comentó Donna, deteniéndose frente a la de los dos niños.
– ¿Sabes quiénes son?
– ¿Tu hermano y tú?
– Exacto. Rinaldo tenía diez años y yo uno cuando mamá la esculpió.
– Es preciosa. Se nota que está hecha con amor. Seguro que tu madre fue una mujer maravillosa.
– Lo era. Yo sólo tenía cinco años cuando murió, pero la recuerdo muy bien. Era muy guapa y me quería mucho. Siempre supe que yo era su favorito. Papá siempre estaba enfadado, pero mamá no le dejaba echarme la bronca. Una vez robé unos panecillos de la cocina y mi madre le dijo que se los había comido ella para que no me castigara -Toni sonrió al rememorar aquella anécdota y, un segundo después, su rostro ensombreció-. Luego murió y yo me quedé sin su calor. Pero ahora te rengo a ti, carissima, y nunca me faltará tu calor.
Donna lo contempló con ternura. ¿Era ésa la razón por la que se sentía atraída hacia él?, ¿el ser mayor que él y haberlo conocido siendo Toni su paciente? Recordaba muy bien las muchas veces que la había comparado con una Madonna, así como su alegría al enterarse de que se había quedado embarazada.
Y si así sucedía y ésa era la respuesta, ¿acaso importaba? Cada uno estaba llenando las necesidades del otro, y ésa podía ser la base para un matrimonio feliz. Se juró en silencio amarlo y protegerlo durante toda la vida.
