
La sobresaltó un pequeño cuerpo que pasó rozándole la pierna.
– Hola, Sasha – Toni saludó al gato-. Es del abuelo. Mira, le gustas -comentó al ver que Sasha se restregaba contra la pierna de Donna y ronroneaba.
– Pues claro que le gusta -intervino Piero, sumándose a la pareja-. ¿A quién no le va a gustar Donna? ¿Me permites que entre contigo del brazo a la cena? A Toni no le importará. Es uno de los privilegios de ser anciano: que puedes robarle una chica bonita a un hombre joven.
Donna rió y tomó el brazo que el abuelo ahuecaba, contenta de contar con el favor de Piero.
Rinaldo estaba en el salón que daba al patio. Llevaba una chaqueta negra, con una camisa blanca y una pajarita. Su rostro imperativo se alzaba por encima del resto de las cabezas y llamó la atención de Donna. Ni siquiera el porte de Toni podía compararse con la grandeza de su hermano. Aquél era su territorio y él, una pantera defendiendo su cueva.
Al lado de Rinaldo se sentaba una mujer alta, de larga y rubia melena, con un vestido negro ajustado. El escote era muy atrevido, la cintura ceñida y la falda dejaba al descubierto un par de firmes y preciosas piernas, bajo las medias negras. Lucía un collar con un diamante y tenía más joyas en las muñecas. Se levantó y se dirigió hacia ellos dejando la estela de su perfume tras de sí.
– Toni, querido -le dio un abrazo-, ¡cuánto me alegro de que estés aquí! No podemos dejar que vuelvas a escaparte, ¿verdad que no, Rinaldo?
– Toni nunca hace caso de lo que le digo -respondió el hermano, encogiéndose de hombros.
– Te presento a Donna, mi prometida -dijo Toni desembarazarse del abrazo de Selina-. Donna, ésta es Selina, una vieja amiga de la familia.
Un destello en los ojos de Selina reveló que no le había agradado que la presentaran en esos términos. Pero reacciono en seguida y abrazó a Donna con gran efusividad.
– Es un encanto, Toni -exclamó hablando sobre el hombro de Donna, como si ésta no existiera-. ¡Pareces tan serena! Y no eres extravagante vistiendo. Es bueno que las personas sepan cuál es su estilo, ¿no crees? añadió dirigiéndose a Donna.
