
– ¿Quieres decir saber el lugar que le corresponde? – replicó ésta en voz baja, aunque no lo suficiente para que Rinaldo, que se había acercado al grupo, no la oyera. La expresión de su cara pareció quebrarse por un segundo, pero recuperó el control inmediatamente. Se miraron y, a pesar de su antagonismo, Donna tuvo la impresión de que Rinaldo había estado de su parte en aquel segundo de duda.
– Es la más guapa del mundo -intervino Toni con desenfado-. Y tiene cabeza. Mucha más que yo.
– Cualquiera tiene más cabeza que tú -apuntilló Rinaldo.
– Ahora mismo renunciaría a mi supuesta gran cabeza por estar tan guapa como tú -le dijo Donna a Selina.
– La presencia no es tan importante -replicó Selina falsamente, aunque muy complacida por el halago-. Además, es el efecto de los diamantes. Le tengo dicho a Rinaldo que no me compre más, pero él sigue en sus trece -luego se puso a hablar con el abuelo, Piero.
– Como ves, prefiero los hechos a las palabras -le comentó Rinaldo a Donna aparte-. Sé cómo ser generoso.
– Bueno, hay hombres que se expresan con dinero y hombres que saben emplear otros medios.
– Y supongo que tú sabes mucho de eso.
– Su hermano es diferente, signore. El me entrega su corazón.
– ¿,Su hermano?, ¿signore? -Repitió con retintín-. Si piensas formar parte de esta familia, ¿no crees que deberías llamarme por mi nombre?
– No sé si tú y yo podremos formar parte de la misma familia… afectivamente hablando. Toni y su abuelo, sí. Pero nosotros, no.
– ¿Así que sacando las uñas?
– Fuiste tú el primero en declararme la guerra -afirmó con suavidad y enojo-. Al menos, eres sincero. Es bueno saber dónde está el enemigo, signore.
