– ¿Así que ahora te enfrentas a mí? Muy valiente, pero más inútil todavía.

– Quizá no tan inútil como piensas, ¿Quién te dice te dice que no tengo un arma secreta?

– Tiemblo de miedo.

– ¿Cenamos? -intervino el abuelo, elevando la voz. Agarro a Donna por el brazo derecho y avanzaron hacia la mesa del salón, una amplia pieza, en una de cuyas paredes se extendía un ventanal enorme con vistas al jardín.

Después de que los ojos de Donna se acostumbraran a la penumbra, ésta comprobó que se trataba de un salón tradicional y lujoso al mismo tiempo. La mesa y las sillas eran de madera. Éstas tenían respaldos muy altos, tapizados como los asientos.

La vajilla era de plata y había tres vasos de distintos tamaños y formas entre plato y plato, de aspecto muy frágil.

Piero le indicó su silla y se la corrió con gentileza. Donna se encontró en el medio de uno de los laterales, con Rinaldo justo enfrente de ella. Por suerte, Toni estaba a su lado y le dio la mano por debajo de la mesa, para intentar tranquilizarla, en caso de que estuviera nerviosa.

Donna observó que la silla que había a la derecha de Piero estaba vacía. Entonces, el abuelo dio un ligero silbido y su gato se unió a ellos y ocupó la plaza vacante.

– A Sasha le gusta comer conmigo -explicó Piero.

– ¡Qué dulce! -Exclamó Selina-. Porque tú eres muy dulce, ¿verdad que sí, gatito? -añadió mientras lo acariciaba. Sasha se apartó.

– Dado que ya estamos todos -terció Rinaldo, impaciente-, puede que ya podamos comenzar.

– María apareció. Seguía de negro, pero ahora llevaba un vestido de seda.

– María ha preparado una cena especial en tu honor -le dijo Rinaldo a Donna con una leve inclinación de la cabeza.

– Muy… muy amable de tu parte -replicó Donna, algo ofuscada por la atención.

María llamó a dos sirvientas más, las cuales llenaron de agua las copas más grandes, y las medianas con vino blanco seco. Luego se marcharon para regresar poco después con el primer plato.



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