Donna había comido en varias ocasiones en restaurantes italianos, pero aquélla era la primera vez que probaba la cocina italiana in situ. Para empezar, había una ensalada con aceitunas, cebolla, ajo, huevo duro y algo parecido a chocolate amargo.

– Sí, es chocolate – Toni se rió al ver la cara de Donna-. Es un truco especial de María. Mezclado con el vinagre, tiene un sabor muy rico.

– ¿Rico? ¡Delicioso! -exclamó Donna.

Cuando María volvió a la mesa para llevarse los platos, Piero le hizo saber la opinión de Donna, para contento de aquélla.

– Grazie, signorina -Dijo María sonriendo a Donna. Luego tomaron unas verduras, más sabrosas si cabe.

Donna no sabía cómo era capaz de seguir comiendo; sin embargo, la pericia de María lograba que ambos platos se compensaran, dejándola satisfecha, pero no saciada.

– Como plato fuerte, María ha preparado cordero asado -la informó Rinaldo-. Piensa que los ingleses nunca se quedan contentos si no toman cordero asado.

Donna nunca había probado un cordero así. Tenía una guarnición de perejil, cebolla y zanahorias, estaba espolvoreado con orégano y romero y, en algún lugar, algo le daba sabor a vino. Más que una comida, se trataba de una obra de arte.

Sirvieron vino tinto para acompañar el cordero. María observó que Donna apenas había probado el vino blanco.

– ¿No te gusta el vino? -le preguntó Rinaldo.

– Prefiero el agua -respondió Donna. La verdad es que, normalmente, sí agradecía una copita, pero prefería no beber alcohol, ahora que sabía que estaba embarazada.

– Parece que prefieres no bajar la guardia -comentó Selina-. Probablemente te sientas como si estuvieras en la guarida de un león.

– ¿Cómo es posible, siendo nuestra invitada de honor? -dijo Rinaldo.

– Puede que porque me recuerdas a un emperador romano -respondió Donna-. ¿No acostumbraban a invitar a sus enemigos a cenar, a colmarlos de honores, para luego… luego nunca volvía a saberse de ellos. ¿Quién sabe lo que les ocurriría?



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