– ¿Qué dices a eso? -intervino Piero entusiasmado, riéndose-. ¡Un emperador romano! ¿Cuál de ellos? ¿Nerón? ¿Calígula?

– Ninguno de esos -afirmó Donna-. Ellos estaban locos y eran bobos, y estoy segura de que todo lo que Rinaldo hace lo hace con intención, no sin antes haberlo planeado hasta el último detalle.

– Entonces, ¿quién? -insistió Piero divertido.

– Puede que Augusto -sugirió Donna.

– Un diablo frío y sin sentimientos. Ya ves, Rinaldo. Te ha calado a la perfección -señaló Piero-. Pero, ¿Cómo es que sabes tanto de nuestra historia?

– Como verás, abuelo -contraatacó Rinaldo-, también ella lo tiene todo planeado hasta el último detalle.

– Hablas como si la conocieras bien -intervino Selina con voz celosa.

– Eso creo -reforzó Rinaldo.

– Pero yo no la conozco -protestó Selina-. Cuéntame algo de tu vida.

– No hay mucho que contar. Soy enfermera. Conocí a Toni cuando se estrelló con el coche y lo trajeron al hospital en el que trabajo.

– ¡Qué romántico! -Exclamó Selina-. ¿Y os enamorasteis a primera vista?

– Sí -afirmó Toni-. Donna es mi ángel de la guarda particular.

– ¿Y tu familia? -Preguntó Rinaldo-. ¿Qué opina de tu matrimonio?

– No tengo familia -espetó Donna-. Mi madre está muerta y mi padre se marchó de casa hace muchos. Apenas lo conozco.

– Ni siquiera me lo ha presentado -apuntó Toni-. Tengo la impresión de que debe de ser un ogro.

– Bueno, todos tenemos parientes que preferimos mantener ocultos -indicó Selina.

Donna se sintió violenta. Era cierto que no había querido que Toni conociera a su padre. No soportaba el desinterés que éste había mostrado por ella. Pero las palabras de Selina habían sido dichas con doble intención.

– Cierto -afirmó Piero-. Ninguno de mis parientes quiere que nadie me conozca. Soy el secreto mejor guardado de la familia. De toda la vida.



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