Todos rieron la broma del abuelo y la tensión del momento pasó. Piero sirvió un poco más de cordero a Selina, la cual estaba visiblemente contrariada por haber cesado el acoso a Donna. También Rinaldo la miraba con mala cara, pues, de seguro, entendería que una mujer sin familia no aportaría honor alguno al marido, mientras que para ella todo serían ventajas.

Las sirvientas llegaron y retiraron los platos. Había llegado la hora del café, el cual fue servido en pequeñas tazas de porcelana, y seguido por una copita de licor.

– Y ahora, quiero proponer un brindis -dijo Piero tras ponerse en pie. Rinaldo parecía asombrado y la sonrisa de Selina era totalmente falsa; pero el abuelo no les hizo caso y miró radiante a Toni y a Donna-. Éste es un día feliz; nuestro Toni ha traído a casa a una mujer encantadora, digna de pertenecer a esta familia. Brindo por mi nueva nieta -dijo alzando su copa.

Todos bebieron y Toni sonrió a Donna.

– Y otra cosa -añadió Piero, dirigiéndose a la novia, mientras sacaba una cajita de un bolsillo-. Tengo un regalo para ti: este anillo ha pertenecido a los Mantini durante generaciones. Yo se lo di a mi mujer, y en su dedo permaneció hasta que murió. Según la tradición, el hijo mayor debe entregárselo a su mujer; pero dado que Rinaldo se niega a casarse, te lo doy a ti, querida, para demostrarte que eres una más de nuestra familia.

El abuelo tomó la mano derecha de Donna y le colocó el anillo en el dedo corazón. Era muy bello, de esmeraldas y rubíes un exótico diseño. Donna se quedó sin palabras, no tanto por su valor, como por el valor simbólico de bienvenida. Por un momento, las lágrimas se le agolparon en los ojos. Cuando logró contener la emoción, vio la cara iracunda de Rinaldo, que, sin duda, se debía de sentir robado.

Pero éste logró serenar su furia y en seguida la felicito sonriente. Selina no supo fingir igual de bien, pues, seguramente, lamentaba despedirse de aquel anillo que ella esperaba haber recibido algún día.



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