El resto de la velada transcurrió con normalidad. Selina se marchó en su nube de perfume, Rinaldo la acompaño al coche, Toni le sirvió otra copa a su abuelo y Donna salió al jardín.

Afuera hacía un fresco muy agradable, una brisa que aliviaba la tensión de la cena. En lo alto, oteando la Tierra sobre las villas de Via Veneto, la luna iluminaba todo con sus rayos de plata. Donna se acercó a la fuente y se sentó a un lado, escuchando el caer del agua con la vista perdida en el horizonte.

De pronto, Donna percibió algo en el aire que la hizo salir de su embelesamiento. Rinaldo la estaba observando, oculto su rostro por las sombras. Donna se preguntó qué tiempo llevaría allí vigilándola.

Se aproximó a ella con una copa de coñac en cada mano y le ofreció una a Donna.

– No, gracias -rechazó al instante.

– Es coñac del bueno -Rinaldo se sentó junto a ella -. El mejor. No se lo ofrezco a todo el mundo.

– Agradezco el honor, pero nunca tomo licores -afirmó con determinación.

– Eres una mujer de lo más sorprendente. Reconozco que me has asombrado.

– ¿Pero aún no crees que me vaya a casar con Toni por amor?

– Ahora desconfío más que nunca. Sé lo bien que lo has planeado todo para introducirte en esta familia.

– Pero si yo no… ¿Para qué molestarme? ¿Qué más me da lo que diga si no me vas a creer?

– Exacto, ¿para qué molestarse? Y ya de paso, ¿qué hace una mujer como tú con un crío como Toni?

– Estoy con él porque es dulce y bueno -lo miró a los ojos-. Y porque me quiere.

– ¿ Y tú? ¿Tú qué quieres?

– Yo quiero… -la voz le tembló de repente- Quiero formar parte de esta familia.

¿Por qué había dicho eso? No sabía por qué, pero sí que Rinaldo tenía algo que la obligaba a decir la verdad.

– ¿De verdad crees que puedes llegar a pertenecer a esta familia?



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