
Intentó retirar los labios de aquella caricia que tanto la atormentaba y tanto placer le producía, pero Rinaldo empezó a deslizar las yemas de los dedos por el contorno de sus labios, haciéndola experimentar sensaciones desconocidas para ella, obligándola a reconocer que, aparte de su recíproca hostilidad, había un sentimiento más peligroso que los unía.
Su boca ardía con el deseo de sentir la boca de Rinaldo. No podía respirar. No quería acabar con eso. Quería prolongar esa sensación eternamente.
– Tú di sí -susurró él con suavidad- y yo haré todo lo que haga falta. Te sacaré esta noche de aquí y nunca más tendrás que ver a Toni.
Donna respiró profundamente para intentar calmar el ritmo enloquecedor de su corazón. Oír el nombre de Toni la despertó de aquel trance: Toni la amaba. Se quedaría destrozado si se enterase de lo que su hermano estaba intentando.
– Aparta tu mano de mí -le ordenó ella. Rinaldo, desconcertado, se enfureció al comprobar que Donna no se había rendido todavía-. ¿Qué dirá Toni si llegara a saber la verdad?
– ¿Y cuál es, en tu opinión la verdad?
– Que eres el tipo de hombre que intenta seducir a la mujer de su hermano.
– Prueba a ver si se lo cree -respondió con cruel serenidad.
– Lo negarías, claro.
– Por supuesto que lo negaría. Haría cualquier cosa para proteger a mi familia. Cualquier cosa -repitió Rinaldo -. Estás advertida. Todo habría sido distinto si hubieras sido sensata. Habrías tenido tu apartamento y todo lo demás; pero has decidido hacerte la lista; así que, de acuerdo, ya veremos quién gana.
Se levantó de golpe y regresó al interior. Donna permaneció quieta, estremecida. Por un momento, la intensidad de su mirada y un cierto tono de voz la habían hipnotizado. Tembló aterrorizada por lo que podría haber sucedido.
