
– ¿Estás bien? -Le preguntó Toni con ansiedad, que acababa de ir al encuentro de Donna-. ¿Te ha estado molestando mi hermano?
– Estoy bien -respondió ella-. Pero me gustaría irme a la cama. Estoy muy cansada.
Toni la acompañó a casa, Piero le dio un beso de buenas noches y hasta Sasha se restregó cariñosamente contra los tobillos de Donna. No había ni rastro de Rinaldo.
Cerró con fuerza la puerta de su dormitorio, Las contraventanas estaban abiertas y la luna iluminaba algo que había sobre la cama. Era un sobre grande, repleto de dinero. Aturdida, Donna cantó hasta un millón y medio de pesetas en billetes de cinco mil. También había una nota que decía:
Toma el dinero y haz el favor de largarte. Rinaldo.
Capítulo 3
El calor resultaba sofocante incluso de noche. Donna no lograba dormir, vehementemente resentida con Rinaldo por destruir su tranquilidad.
Un hombre cruel y rastrero había arruinado sus ilusiones y esperanzas, y Donna lo odiaba por ello.
Entonces recordó aquel instante en el jardín en el que Rinaldo la había acariciado, y se quedó sin saliva. La mera presencia de Rinaldo, su indiscutible masculinidad, la habían hecho ser consciente de que Toni era un chiquillo que aún no había madurado, y que quizá no maduraría nunca.
Se incorporó para intentar no pensar más en aquella caricia perturbadora. No podía permitirlo: ella amaba a Toni. Y, fuera como fuera, era demasiado tarde para cambiar las cosas: él era el padre de su hijo. Se esforzó por recordar su amabilidad, su ternura, lo orgulloso que Toni estaba de ella; pero, ¿por qué no le había dicho a la familia nada del niño todavía?
Pensó que estaba guardando silencio por temor a Rinaldo. Donna se sintió incómoda. Toni temía a su hermano, de la misma manera que un niño pequeño podía temer a un padre severo.
