
Se levantó de la cama, abrió las contraventanas y respiró un poco de aire fresco. Apenas quedaba una hora para que despuntara el alba.
Se puso el pijama y salió de su habitación. Tenía que pasear por el jardín un rato para intentar serenarse. No se orientaba bien en medio de la oscuridad, de modo que empezó a dar vueltas por la casa hasta que vio una franja de luz de luna bajo una puerta. Al abrirla, descubrió aliviada que estaba en unas escaleras que bajaban al patio. Descendió unos escalones y cerró los ojos, dejando que una suave brisa le acariciara la cara. Era una delicia.
Casi se quedó dormida en esa posición. Entonces oyó que en algún lugar cercano de la casa, dos voces discutían agriamente en italiano. De pronto, una puerta se abrió y Toni entró en el jardín con paso acelerado.
– No te marches cuando te estoy hablando -le ordenó Rinaldo, que lo segura a poca distancia.
– Llevo horas escuchándote -replicó Toni.
– Pues no he hecho más que empezar.
Se habían detenido cerca de la fuente. Donna podía verlos con claridad, sentada y escondida en las escaleras. Seguían llevando la misma ropa que durante la cena, como si hubieran estado toda la noche discutiendo y ninguno hubiera ganado.
– Voy a decirte un par de cosas, y vas a tener que escucharme -prosiguió Rinaldo.
– Ya me has dicho todo lo que tenías que decirme repuso Toni cansinamente-. Puede que con las otras chicas tuvieras razón: pero Donna es diferente.
– Para ti todas las chicas son diferentes -se burló Rinaldo-. Esta mujer que te tiene embobado -insistió Rinaldo con agresividad-. ¡Dios! Nunca te habías comportado de una manera tan estúpida y obstinada como ahora.
– Te digo que ella es distinta -repitió-. ¿Es que no puedes verlo?
– Puedo ver que ella parece distinta -concedió Rinaldo-. Pero no debes fiarte de las apariencias. Es muy astuta y a pesar de que parece inofensiva, seguro que está tramando algo.
