La idea llevó a Donna a acariciarse el estómago cariñosa y maternalmente. Aún era muy pronto para que se notara, pero el bebé ya estaba dentro de ella; el mayor tesoro que compartiría con Toni.

Le había costado comunicarle que estaba embarazada, temiéndose lo peor. Un joven tan atolondrado como él, pensó Donna, no querría verse atado con veinticuatro años. Pero Toni había reaccionado de manera maravillosa, emocionado.

– ¡Vas a ser mamá! -había repetido mil veces, contentísimo. Desde entonces, había sido aún más tierno y afectuoso con ella y Donna lo había empezado a amar más si cabe.

Había insistido en que tenían que casarse en cuanto conociera a su familia y, tras llamar a Rinaldo, le había anunciado que tenían que ir a Italia en seguida.

– Sólo les he dicho que les presentaré a mi prometida -la informó Toni-. Lo del niño se lo diremos cuando lleguemos allí.

– Pediré que me den la baja de maternidad en el hospital -comentó Donna.

– ¡No!, ¡no! Diles que no volverás a trabajar allí.

– Toni, no creo que ésa sea una buena idea.

– ¡Mi mujer no trabaja! -sentenció él con tal solemnidad que a Donna le costó no echarse a reír-. Está bien, ya sé que tendré que conseguir un trabajo mejor. Quizá me ponga a trabajar con Rinaldo.

– ¿En Italia? -preguntó entusiasmada-. ¡Sería maravilloso!

– Perfecto. ¡Pues ya está! ¡Decidido!

Toni era así: Donna estaba segura de que hasta ese preciso instante él no había pensado jamás en irse a Italia a trabajar. Pero, de pronto, estaba decidido.

Así, unos días más tarde, estaban metiendo sus cosas en el coche, dispuestos a emprender un largo viaje a través del Canal de la Mancha y pasando por Francia y Suiza antes de llegar a Italia. Habían parado varias noches, pues Toni no quería que Donna se cansara, y la última habían pernoctado en Perugia. Esa mañana habían amanecido temprano para cubrir el último tramo hasta Roma.



4 из 141