
– Bonito discurso -replicó Rinaldo con cara de disgusto-. Pero no te creo.
– ¡Al diablo con lo que tú creas! -dijo Donna sin más. Rinaldo contuvo la respiración y los ojos le brillaron con furia. Luego emitió un juramento, se dio media vuelta y desapareció entre las sombras. Oyeron un portazo.
– ¡Santo cielo! -Murmuró Toni-. Me daba miedo ver cómo se lo tomaría, pero no pensé que reaccionaría así de mal.
– No te preocupes, por favor -le pidió Donna-. No lo necesitamos. No necesitamos a nadie. Cuanto antes nos vayamos de aquí, mejor para todos.
Sin darle tiempo a responder, volvió hacia las escaleras, subió a su dormitorio y empezó a hacer las maletas. Tenía que marcharse de aquella casa en la que tan mal la estaban tratando.
– Cara, ¿qué estás haciendo? -le preguntó Toni, que la había seguido hasta el dormitorio y la observaba con desmayo.
– Estoy haciendo lo que dije que tengo que hacer. Marcharme -dijo con suavidad.
– ¡Pero no puedes abandonarme! -Exclamó Toni-. Te necesito…
– ¡Mira esto! -Donna le enseñó el fajo de billetes-. Ha intentado comprarme. Y mira lo que se ha atrevido a escribir.
– ¿Has visto cuánto dinero hay! -preguntó Toni asombrado después de contarlo y de leer la nota.
– ¿Eso qué importa? -preguntó Donna furiosa-. ¿Pensabas que me podía sobornar?
– Claro que no, pero…
Donna no le dejó terminar. Metió el dinero en el sobre otra vez, escribió el nombre de Rinaldo en el exterior y lo colocó bajo la almohada.
– Alguna criada lo encontrará y se lo dará a Rinaldo mañana por la mañana -dijo Donna-. Y ahora me voy. No quiero verlo nunca más.
– Tienes razón – Toni le agarró las manos-. Yo también me voy.
– No quiero interponerme entre tú y tu familia…
– Mi familia eres tú -insistió Toni-. Tú y nuestro pequeño. Nos vamos los dos. Espera que meta algo de ropa en una maleta.
