
Desapareció. Donna se sentó en la cama, repentinamente agotada. Se había sentido tan enfadada que no había parado a pensar cómo se las habría arreglado si Toni no se hubiera marchado con ella. Estaba derrengada: tenía que alejarse de Rinaldo Mantini, la persona más cruel con la que jamás se había cruzado.
– ¿Lista? -le preguntó Toni tras regresar con una maleta.
– Sólo una cosa antes de irnos -le dijo Donna-. Por favor, cariño, tienes que comprenderlo: no puedo quedarme con el anillo de tu abuelo.
– ¡Pues claro que puedes! Él quiere que te lo quedes tú.
– Es un anillo de familia…
– Pero él nos lo ha dado a nosotros -protestó Toni.
– Lo siento, no puedo -Donna se quitó el precioso anillo y se quedó mirándolo-. ¿Dónde puedo dejarlo para que esté a salvo? -preguntó.
– Mételo en el sobre, con el dinero -sugirió Toni-. Si quieres lo hago yo, mientras organizas las cosas que tengas en el baño.
– Ya lo tengo todo.
– Será mejor que te asegures. Las mujeres siempre os olvidáis los cepillos de dientes y esas cosas.
– Está bien, está bien. Pero tenemos que darnos prisa. Efectivamente, Toni tenía razón, pues Donna se había olvidado el neceser en la bañera.
– Date prisa, creo que la gente empieza a despertarse.
– ¿Está todo…? -preguntó Donna, saliendo del baño instantáneamente.
– Venga, vámonos antes de que sea demasiado tarde -le dijo él con suavidad, agarrándole una mano.
Donna lo siguió por el pasillo. Bajaron las escaleras con sigilo, dando grandes zancadas y conteniendo la respiración. Por suerte, no tenían que salir por la puerta principal. Toni la condujo a una puerta lateral que daba directamente al garaje y, momentos después, habían metido las maletas en el coche y las puertas del garaje estaban abiertas.
Empezaba a amanecer mientras avanzaban lentamente hacia la salida. Donna no dejaba de mirar hacia atrás, convencida de que Rinaldo aparecería en cualquier momento, persiguiéndolos.
