Por fin alcanzaron la carretera, Toni pisó el acelerador y, en pocos segundos, perdieron de vista la villa de los Mantini. Donna esperaba no tener que volver a verla jamás.

Permanecieron en silencio varios minutos, a medida que el paisaje se iluminaba con el ascenso del sol.

– ¿Recuerdas la cara de Rinaldo cuando bajaste de las escaleras y se dio cuenta de que lo habías oído todo? -Preguntó Toni de repente, tronchado de la risa-. Nunca en mi vida lo había visto tan desconcertado.

– No lo bastante desconcertado para insultarme observó Donna, que, de todos modos, se sintió contagiada por el buen humor de Toni-. Me acusó de hacer pasar por tuyo el hijo de otro hombre -dijo, sin embargo, con más dureza de la que había usado con Toni nunca.

– ¿ Y qué? Yo no lo creí.

– Pero no tenía derecho a decirlo. ¿O es que va a seguir mancillándome el día de nuestra boda?

– No tendrá oportunidad de hacerlo. Nos casaremos primero y luego se lo cantaremos.

– Ni hablar -se negó Donna-. Eso es justo lo que él quiere que hagamos. Que nos casemos a escondidas como dos fugitivos, para seguir criticándome. Nos casaremos delante de todo el mundo y le mandaremos una invitación. Lo tendrá que aceptar, por las buenas o por las malas -añadió. De repente, la expresión despreocupada de Toni desapareció.

– Cara, tú no sabes cómo es Rinaldo cuando lo retan a algo por las malas. Hará cualquier cosa.

– ¿Qué puede hacer?

– Secuestrarme en plena iglesia, por ejemplo.

– Estoy hablando en serio.

– Y yo también. Rinaldo tiene amigos que lo harían, a cambio de una suma de dinero.

Donna miró a Toni, que tenía la vista puesta en la carretera. A juzgar por el ceño de su frente, era evidente que no estaba bromeando. Sabía que Rinaldo era un hombre despótico, arrogante y sin escrúpulos. Y ahora sabía que también era un hombre capaz de inspirar miedo hasta a su hermano.



34 из 141