
– Les diré a los médicos que estás despierta -respondió, poniéndose en pie-. Ya hablaremos más adelante.
Y desapareció. Luego llegaron unas enfermeras, y Donna volvió a dormirse. Le dolía todo el cuerpo y se sentía muy desgraciada. Lo único que la consolaba era que su hijo seguía vivo.
Permaneció en estado de semiinconsciencia durante varios días. Rinaldo estaba siempre allí, observándola y, en medio de sus pesadillas, Donna podía sentir el odio de sus miradas. Por fin, despertó por completo. Y él seguía allí.
– No lo he imaginado, ¿verdad? -Le preguntó Donna-. Me dijiste que Toni está muerto.
– Muerto -confirmó con voz neutra-. Ayer fue su funeral.
– ¡Dios!, ¡pobre Toni! -empezó a llorar.
– Eso, llora por él -dijo con desprecio-. Llora por el hombre al que has matado; pero no esperes que te compadezca.
– Yo no maté a Toni -protestó débilmente-. Fue un accidente.
– Sí, un accidente por culpa de tu codicia -repuso Rinaldo-. Por tu afán de quedarte con todo cuanto pudieras y escapar lo más rápido posible.
– No, no… yo iba de vuelta a Villa Mantini… Toni no quería… intentó detenerme -dijo entre sollozos.
– No mientas encima.
– No estoy…
– Te quedaste el dinero que te ofrecí y el anillo del abuelo y convenciste a Toni para huir por la noche. ¿Se te ocurrió pensar en algún momento en lo que estabas haciéndoles a los que lo querían? Cuando Piero se enteró de que Toni había muerto, le dio un ataque al corazón. Lo ingresamos en este hospital y, desde entonces, está a las puertas de la muerte.
– ¡No! -Donna dio un grito en señal de protesta. En esos momentos no podía soportar tanta desgracia. Se dio media vuelta y escondió la cara en la almohada, temblando, angustiada.
– Por favor, signore -intervino una enfermera que acababa de entrar-, no debe alterar a la paciente.
