– Cuéntame algo más de tu familia -le pidió Donna.

– No hay mucho que contar. Rinaldo es una buena persona, pero es un poco aburrido. Sólo piensa en el trabajo, como si ganar dinero fuera lo único en esta vida.

– Bueno, si diriges una empresa, tienes que conseguir unos beneficios razonables -apuntó Donna-. ¿No dices que él te pasa dinero todos los meses?

– Si vas a hablar sensatamente, me rindo – Toni se encogió de hombros-. De acuerdo, gracias a los negocios de mi hermano, Rinaldo puede pasarme un sueldo todos los meses. Pero ése no es motivo suficiente para que esté pensando todo el día en trabajar.

– ¿En qué consiste exactamente su empresa? Nunca me has dado muchos detalles.

– Es una empresa de ingeniería. Diseñan y producen máquinas. Una de las fábricas se dedica a aparatos de medicina.

– ¿Fábricas?, ¿Plural? -Donna frunció el ceño.

Hasta entonces había tenido la impresión de que los Mantini eran una familia con una economía modestamente próspera, nada más.

– Hay seis fábricas en total… No, cinco. Rinaldo vendió una porque no estaba produciendo lo que se esperaba de ella.

Donna no sabía por qué, pero la posibilidad de encontrarse con una familia rica la incomodaba. Por primera vez, no estaba segura de encajar. Aunque, bueno, tal vez hasta un propietario de cinco fábricas podía llevar una vida sin lujos excesivos. Probablemente reinvertiría los beneficios en la empresa y viviría modestamente, intentó tranquilizarse.

– ¿Nunca hasta ahora te habías planteado trabajar con tu hermano?

– ¡Dios me libre!, ¡menuda pesadez! Rinaldo siempre me ha dado la lata para que aprenda el negocio, pero a mí no me llama la atención. Se alegrará de que me case contigo. Dice que me hará sentar la cabeza. Además, quiere un sobrino que se encargue del negocio en el futuro.

– ¿Por qué no tiene él su propio hijo?

– Porque para eso tendría que casarse y Rinaldo no se compromete en sus relaciones con las mujeres. Él lo prefiere así. Dice que no se puede confiar en ninguna.



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