
– ¡No se preocupe! Esta mujer no tiene corazón. Siembra de tormento los lugares por los que pasa, pero nunca sale herida -dijo Rinaldo.
El accidente había dejado a Donna inconsciente, le había roto un tobillo y dos costillas, pero, milagrosamente, su bebé no corría peligro. Pronto empezó a tomar nota de los alrededores y comprendió que se hallaba en una clínica privada de lujo. Una enfermera de mediana edad llamada Alicia parecía estar pendiente de ella exclusivamente.
– El signor Rinaldo dijo que te trajeran aquí. Que él corría con todos los gastos -respondió Alicia, cuando Donna le preguntó cómo había llegado allí.
– Qué amable -murmuró Donna con sarcasmo.
– Es un hombre muy generoso -reforzó Alicia -. Es copropietario de esta clínica y la ha dotado altruistamente del mejor equipamiento.
Pero Donna sabía que la amabilidad de Rinaldo no tenía nada que ver con la aparente preocupación de éste hacía ella. La había llevado a un sitio donde lo respetaran y pudiera dar órdenes, tal como le confirmaron las siguientes palabras de Alicia:
– La policía quiere hablar contigo sobre el accidente cuando te hayas recuperado; aunque ya les han dicho que tendrá que pasar algo de tiempo. No te preocupes. Nadie vendrá a molestarte.
Lo había dicho para tranquilizarla, pero Donna comprendió que estaba prisionera; prisionera de Rinaldo Mantini, que la mantendría aislada hasta decidir qué hacer con ella. Se estremeció.
La disgustaba sentirse impotente. Tenía que comprobar si estaba en condiciones de andar, así que, cuando la enfermera se marchó, Donna retiró las sábanas y apoyó los pies en el suelo con cuidado. Aunque tenía un tobillo escayolado, logró, apoyándose en la cama, ponerse de pie, lentamente. Permaneció quieta y respiró.
Empezó a dar tímidos pasos. Las piernas le temblaban, pero la sujetaron durante un pequeño trayecto. Había un espejo en una pared y logró acercarse lo suficiente para ver en qué estado había quedado su cara.
