
Estaba horrible, pensó. Totalmente pálida y con dos moretones en la cara. Donna se esforzó por sonreír y se giró, de vuelta a la cama. Entonces sintió un mareo y deseos de vomitar. Extendió los brazos, buscando desesperada algún apoyo, pero no alcanzó nada. Justo cuando estaba a punto de desfallecer, oyó que la puerta se abría, el bramido de una imprecación y notó que la mano de un hombre la agarraba.
– ¿Qué demonios crees que estás haciendo? -inquirió Rinaldo.
– Sólo quería… -le fallaron las palabras. Sin darse cuenta de lo que hacía, reposó la cabeza sobre el hombre de Rinaldo, el cual la rodeó con cuidado de no lastimar sus maltrechas costillas y la llevó hasta la cama. Allí la recostó y la cubrió con las sábanas.
– Voy a llamar a la enfermera -dijo con el ceño fruncido.
– No, estoy bien -susurró-. Creo que junto a la cama hay algo de azúcar. Basta con que…
Rinaldo la incorporó levemente con un brazo mientras le daba de beber un poco de agua azucarada. Luego la volvió a tumbar, con delicadeza, a pesar de la severidad de sus palabras:
– Te prohíbo que vuelvas a hacer algo así -dijo-. Si no eres capaz de comportarte sensatamente, haré que una enfermera te vigile las veinticuatro horas del día.
– ¿Y a ti qué más te da lo que yo haga? -preguntó con rebeldía.
– Estás embarazada del hijo de mi hermano… o eso me has hecho creer.
– Pero tú no te lo crees. Así que, ¿por qué no te olvidas de mí sin más?
– Cuando sepa con seguridad qué pensar de ti, sabré lo que hacer.
Sus palabras sanaron con timbre amenazante. Donna descansaba agotada sobre las almohadas. A pesar de que estaba atendiendo a todas sus necesidades, Rinaldo no la trataba con ninguna ternura. Estaba haciendo lo que tenía que hacer, hasta que estuviera seguro sobre lo que debía pensar de ella. De pronto, comprendió por qué Toni había querido desmarcarse de la sombra de su hermano.
