– ¿Cuándo vas a dejar que la policía hable conmigo? -preguntó Donna.

– Primero hablaré yo contigo. Aunque, Dios lo sabe, no creo que merezca la pena. La verdad es bastante evidente.

– ¿Y cuál es la verdad según tú?

– Te ofrecí dinero para que renunciaras a Toni, pero la codicia te pudo. Lo convenciste para que huyera contigo aquella noche, con el dinero y con el anillo de Piero.

– No es verdad -negó desesperada-. Dejé el dinero y el anillo. Fue Toni quien se los llevó. Yo no lo supe hasta que paramos en una gasolinera. Me enfadé muchísimo con él y le dije que teníamos que volver a vuestra casa. Estaba deseando tirarte tu asqueroso dinero a la cara.

– ¡Venga ya!, ¡por favor! -exclamó irritado-. ¡Seguro que se te puede ocurrir algo mejor! Encontraron el coche rumbo al Norte. Os estabais alejando de Roma, no acercando. Tenías que ir muy rápido para que el coche cambiara de dirección.

– Te estoy diciendo la verdad. Di media vuelta hacia vuestra casa; pero a Toni no le pareció buena idea. Como yo no cedía, acabó agarrando el volante. Por eso se descontroló el coche. Sé que volcarnos y… -se detuvo al repasar fugazmente las imágenes que recordaba del golpe-. Seguro que fue entonces… cuando el coche… cambió de dirección.

– Una historia genial para echarle la culpa a Toni la recriminó Rinaldo.

– Seguro que alguien vio lo que ocurrió.

– No hay testigos. No había ningún coche más circulando cerca. ¿Cómo es posible que tuvierais un accidente con la carretera totalmente vacía?

– Ya te lo he dicho. Toni…

– ¡Ah, sí! Qué bien te vi ene que él no esté aquí vivo para defenderse, ¿verdad? ¿Por qué iba a negarse él a volver a casa?

– Quizá estaba harto de que controlaras su vida respondió sin intimidarse-. Mira en tu corazón, Rinaldo, y preguntare por qué la idea de hacerte frente lo asustaba tanto.

Rinaldo se quedó lívido y, después de un rato en silencio, salió de la habitación.



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