Donna se durmió, despertó y volvió a dormirse. La siguiente vez que abrió los ojos había amanecido. Después de lavarse la cara y comer algo, Rinaldo apareció. -No puedo seguir dando largas a la policía -dijo con frialdad-. Vendrán en seguida. Tengo que saber lo que les vas a decir.

– La verdad.

– ¿Quieres decir que les vas a contar el mismo cuento que a mí?

– Vaya contarles la verdad -insistió cansinamente.

La mera presencia de Rinaldo la debilitaba. Era como si nada ni nadie pudiese enfrentarse a aquel hombre. Pero ella iba a intentarlo.

Diez minutos después entró un joven agente de policía.

– La signorina se encuentra aún muy débil -dijo Rinaldo-. Espero que no le lleve mucho tiempo.

– Sólo quiero una simple descripción de los hechos, signor -respondió el agente, el cual, a pesar del uniforme, se dirigió a Rinaldo con deferencia. Luego miró a Donna-. ¿Quién conducía?

– Yo.

– ¿Adónde iba? -preguntó con seriedad.

– A Roma, a la Villa Mantini -afirmó con aplomo.

– Encontrarnos el coche en sentido opuesto -el agente frunció el ceño. -Eso me han dicho.

– Y tengo entendido que se habían marchado de la villa poco antes.

– Nos marchamos de madrugada y condujimos durante una hora. Paramos en una gasolinera y decidimos volver. Al menos, yo quería volver. Toni no estaba de acuerdo, pero era yo la que estaba al volante. Di media vuelta y entonces él… él agarró el volante para impedirme que regresáramos. El coche se descontroló y… Donna cerró los ojos.

– ¿Por qué decidió regresar habiendo pasado tan poco tiempo desde su marcha, signorina?

– Descubrí que llevábamos algo que no quería tener conmigo. Quería devolverlo antes de proseguir el viaje -respondió, eligiendo las palabras cuidadosamente.

– ¿Y el signor Mantini no estaba de acuerdo?

– No, él quería que siguiéramos adelante. Discutimos y… se abalanzó sobre el volante.



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