
Hubo un ligero movimiento en la cama y Rinaldo se acercó a la vera de Piero.
– No pasa nada, abuelo -dijo Rinaldo con una dulzura que sorprendió a los oídos de Donna-. Tranquilo estoy a tu lado.
Piero estaba intentando decir algo, pero el infarto le había producido una parálisis casi total. Donna lo miró con impotencia, compasivamente, y empezó a salir de la habitación. Sin embargo, el abuelo la vio a tiempo, y de pronto, se transformó por completo: su boca se contrajo y emitió desesperados, frustrados e incomprensibles sonidos. Al principio, Donna pensó que se había molestado, pero luego vio que Piero estaba estirando un brazo, como para alcanzarla.
Haciendo caso omiso de Rinaldo, se acercó al abuelo y le estrechó la mano esbozando una amplia sonrisa.
– Estaba preocupada por ti. Cuando me dijeron que estabas enfermo, quise venir a verte en seguida, pero… -las lágrimas se le agolparon en los ojos; pero logró contenerse y seguir adelante-. Sé lo mucho que querías a Toni. Yo también lo quería. Y ojalá todo hubiera salido de otra manera. Ojalá… -no pudo continuar, emocionada por la memoria del que había sido su prometido.
Piero respondió, no con palabras, sino con una mirada suave que le daba a entender que él no la odiaba. Después de los ataques de Rinaldo, el perdón de Piero fue como un bálsamo para el alma de Donna.
– Ahora deberías marcharte -le dijo Rinaldo con tranquilidad y dureza al mismo tiempo-. Mi abuelo está cansado.
– Pero está intentando decir algo -dijo Donna, que no quitaba los ojos de Piero.
Hada terribles esfuerzos por hablar, pero sólo lograba articular sombras de palabras. Donna creyó entender que estaba diciendo «bebé».
– El bebé está bien -lo tranquilizó. A juzgar por el brillo de sus ojos, había dicho lo que Piero esperaba oír-. Sigue conmigo. Hace falta mucho más que un accidente para acabar con tu bisnieto -añadió animada.
