
– ¿Pero quiere que tú hagas lo que él no desea para sí mismo?
– Según él -sonrió Toni-, yo haré el tonto de una forma u otra: así que, en mi caso, no es tan mala opción. Dice que de esa manera, al menos, haré algo útil-explicó.
– ¡Qué encanto!
– Bueno, es un poco especial y tiene un genio muy fuerte -reconoció Toni-. Pero no te preocupes: te aseguro que le gustarás.
Estaban llegando al final de una autopista, de la que tendrían que despedirse para pasar a una serie de carreteras y giros, hasta llegar a una avenida ajardinada, flanqueada por cipreses.
– En esta avenida viven muchos actores italianos comentó Toni.
– ¡Qué emocionante! ¿Está muy lejos de tu casa?
– No, nuestra villa es una de ésas de ahí al fondo.
– ¿Quieres decir que tu familia… tiene toda una villa?
– Sí, claro -respondió Toni con naturalidad-. Ya hemos llegado.
El coche atravesó una vasta entrada y Donna se encentró avanzando por unos terrenos enormes que parecían no acabar nunca. Por fin empezó a divisarse un edificio. A primera vista parecía una casa normal, con paredes amarillas y un tejado de tejas rojas. Pero a medida que se acercaban, Donna pudo apreciar lo grande que era en realidad, y las muchas habitaciones de que constaba.
Estaba rodeada de árboles y había macetas con muy diversas flores en los balcones. Los pájaros trinaban y Donna pudo oír un suave chapoteo de agua.
Todo era muy bello, pero el placer de Donna se veía perturbado por una creciente sensación de inquietud. ¿Qué hacía ella en un lugar tan suntuoso?
Toni detuvo el coche frente a la puerta principal. No había señales de vida.
– Entremos a ver quién hay -dijo él, ofreciéndole la mano para ayudarla a descender del coche.
Donna se sintió más desazonada cuando entraron en la casa y vio el suelo y las escaleras de mármol. El recibidor era gigantesco y tenía muchas puertas, que conducirían a muy distintas zonas de la casa. Entre las puertas había pequeñas columnas con estatuillas. A pesar del calor del mediodía, el recibidor daba sensación de frescura y amplitud.
