
Notó que a Rinaldo no le había sentado bien que llamara a aquel bebé bisnieto de su abuelo, pero a ella le dio igual, pues no era más que la verdad.
Los párpados de Piero descendieron para dormir tranquilo y el brillo de su cara se apagó, confiriendo a su piel una tonalidad grisácea. Donna sintió una mano de Rinaldo sobre su brazo, lo miró a la cara y entendió que le estaba indicando que saliera de la habitación. Se agachó impulsivamente y le dio un beso al abuelo en la mejilla antes de seguir a Rinaldo, que la esperaba fuera. Luego afrontó su cara, esperando su expresión de desprecio, pero su rostro resultó indescifrable.
– Ven conmigo -le dijo simplemente. Cuando hubieron regresado a la habitación de Donna, prosiguió-. No entiendo lo que pasa contigo. Mi abuelo estaba más muerto que vivo y, en cuanto has aparecido tú, causante de su infarto, parece que ha recobrado su vigor. No tiene sentido.
– Para mí sí lo tiene -dijo Donna-. Es un hombre lleno de amor y no está amargado como tú, Rinaldo. Sabe que yo llevo al hijo de Toni y eso le devuelve las ganas de vivir -explicó evitando mirarlo a los ojos, cuya intensidad la azoraba sobremanera.
– ¿Y cuando te marches? -Preguntó Rinaldo-. ¿Qué motivo tendrá para seguir viviendo?
– Tendrás que ser tú quien lo animes.
– Yo no puedo -respondió sombríamente -. Siempre fue Toni el que lo alegraba, con quien se divertía y se reía.
– Lo visitaré para que vea a su bisnieto, si me lo permites. Sé que piensas que estoy mintiendo, pero te juro… -se detuvo al ver que Rinaldo levantaba una mano.
– Anoche vino a verme un agente de policía -arrancó él-. Han localizado a un testigo que asegura haber presenciado el accidente.
– ¿Y? -preguntó inquieta.
– No me creía que estuvieras diciendo la verdad. Pero ahora parece que no me queda otro remedio. El testigo ha confirmado que ibais de vuelta a Roma… así como el resto de las cosas que cantaste.
