– Voy a ver si encuentro a alguien -dijo Toni-. Espérame aquí.

Desapareció por un pasillo, preguntando al vacío si había alguien allí y dejando a Donna sola, que ya estaba deseando que Toni regresara, no fuera a descubrirla antes algún desconocido.

Entonces notó algo. Un pasillo que había a su izquierda conducía a una puerta abierta, a través de la cual podía ver la luz del sol. Sabía que debía permanecer quieta hasta que Toni regresara, pero algo pareció arrastrarla a través del corredor, víctima de un extraño hipnotismo.

Se encontró en un patio rodeado por un claustro con arcos. El suelo ya no era de mármol, sino de losas rugosas. El patio tenía una fuente en el centro y en los balcones superiores había macetas con flores y alguna que otra paloma.

Donna contempló aquel escenario extasiada. El sitio tenía un encanto rústico, con sabor a antigüedad. Sin duda, aquélla era la Italia de sus sueños.

En una de las paredes había una incisión en la que ponía, simplemente, Il giardino di Loretta.

El jardín de Loretta, tradujo Donna. Fuera quien fuera, Loretta había amado aquel sitio con todo su corazón, y su amor aún podía respirarse al contemplar la belleza de aquel patio ajardinado.

Allá donde mirase, Donna encontraba flores que envolvían el aire con su fragancia. Empezó a caminar, en trance, con la sensación de estar deslizándose por un precioso sueño.

La fuente tenía la elegancia de la sencillez y carecía de ornamentos. Donna agradeció el refresco de unas gotas de agua y, después de mojarse el pelo, siguió explorando otras partes del jardín.

Por todos los lados aparecían pequeñas estatuas, una dio las cuales llamó su atención en especial: tenía un metro de altura y representaba a dos chicos, uno de unos diez años y el otro, casi un bebé.



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