
Donna se sentó sobre un banco de piedra, admirando la tranquilidad y el primor de los alrededores.
– Sí -se dijo alegremente-. Este sitio es perfecto. Cerró los ojos y siguió un rato sentada, escuchando el agua de la fuente y el trino de los pájaros. Cuando los reabrió se dio cuenta de que ya no estaba sola. Un hombre la estaba observando al otro lado de la fuente. Al principio, sólo había visto una sombra. El sol la cegaba y era corno si una silueta amenazante y afantasmada se hubiera colado en su sueño.
El hombre rodeó la fuente y se quedó de pie mirándola, con expresión sorprendida, hasta que por fin se dirigió a ella:
– ¿Y bien?, ¿Te parece tan espléndida como esperabas? -preguntó abarcando la villa con un gesto del brazo.
Ahora podía verlo con claridad: era un hombre muy alto y de anchas espaldas. Su cara era una versión más adulta de la de Toni, por lo que debía de tratarse de su hermano Rinaldo. Tenía sus mismos ojos negros, su misma frente grande. En realidad, era como si todas las facciones hubieran salido de un mismo molde, para endurecer luego las del hermano mayor. Toni se reía mucho y aquel hombre parecía no haberse reído jamás. La boca de Toni parecía estar concebida para besar y la de aquel hombre, en cambio, tenía un matiz cruel.
Pero una cosa era evidente: Toni era un chaval, mientras que aquel hombre era ya una persona adulta.
– Soy Rinaldo Mantini -se presentó con un tono de voz frío-. El hermano de Toni.
