
Su voz se quebró y se calló repentinamente, temerosa de haber revelado demasiado. Jack la miró con curiosidad.
– ¿Quién es?
– No puedo decírtelo.
– ¿No crees que si nos casáramos tendría derecho a saberlo?
– No, nada cambiaría.
– Pero sería alguien a quien tú verías si vivieses conmigo -insistió.
– Algunas veces sí -dijo con cautela.
– Habría que empezar desde cero -dijo Jack amablemente-. Sería muy difícil estar casada conmigo y verlo sin poder estar a su lado…
– Sería más difícil no verlo -dijo Ellie- Yo tendría un hogar, unas raíces, y sabría que no tendría que irme otra vez. Tendría a Alice y la oportunidad de participar en Waverley. Creo que sería suficiente.
Jack se frotó la cara intentando pensar con claridad.
– No sé, Ellie, me parece una locura.
Miró el agua y, sin saber por qué, pensó que tenía el mismo color que los ojos de Ellie, muy verdes cuando brillaba el sol y grises cuando les daba la sombra, igual que se habían oscurecido con la tristeza. Casarse con Ellie… era una locura. No podía creerse que lo estuviese pensando.
Era indiscutible que el matrimonio le solucionaría muchos problemas y, sin embargo, nunca se le había ocurrido pensar que Ellie sería perfecta en muchos sentidos. Era práctica y sensata, alguien que no se quejaría ni daría problemas cuando las cosas fuesen mal. También le vendría bien a Alice. Jack recordó cómo le había cambiado los pañales, cómo la había acunado y la había tomado en brazos. Ellie sabía tratar a los bebés y al ganado.
Desde luego no tenía nada que ver con Pippa, pero eso a lo mejor facilitaba las cosas. Además, sabía lo que él sentía hacia Pippa. Con Ellie no tendría que fingir, lo aceptaría como era, sin pedir nada a cambio. Sí, sería fácil vivir con ella. No era Pippa, pero era su amiga.
