– Quiere decir que le parece fantástico -dijo Jack a sus espaldas.

Se giró. Él estaba apoyado contra el marco de la puerta con una camisa manchada de pintura, limpiándose las manos con un trapo y mirando divertido a su hija. A Ellie le dio un vuelco el corazón. Durante los dos últimos meses habían trabajado juntos en Waverley Creek, pero seguía impresionándose cuando lo veía repentinamente.

Alice dio un gritito de alegría, tiró la brocha y el bote y gateó hasta agarrarse a los pantalones de su padre. Jack la tomó entre sus brazos y la balanceó en el aire. Ellie no pudo evitar sonreír. Le encantaba ver a Jack y Alice juntos. Se adoraban y estaba claro que en el corazón de Jack solo había sitio para su hija.

– Y ahora… ¿qué dice?

Jack fingió hablar con su hija.

– Quiere saber por qué sigues trabajando.

– Quería terminar la ventana -Ellie dejó la brocha en un frasco de aguarrás y buscó un trapo para limpiarse las manos-. ¿Cómo va la cocina?

– He terminado, puedes ir a verla.

Ellie y Jack se dirigieron a la cocina. Parecía imposible que esa habitación fuese la misma que habían visto dos meses antes. Entonces era sucia y deprimente, llena de polvo y trastos.

– Está preciosa, Jack.

– Ha mejorado un poco, ¿no?

Jack, encantado con la reacción, dejó a Alice sobre la encimera, sujetándola por las manitas para que se pudiera sostener de pie.

– ¡Ga, ga, boo, mamá! -gritó asustada.

– Tienes razón, como siempre -dijo Jack con seriedad-. ¡Llegó la hora de una cerveza!

– Podría empezar la ventana del dormitorio de Alice -dijo Ellie sonriendo.

– No, no puedes -contestó él con firmeza-. Has estado todo el día trabajando y ya has hecho bastante. Toma -agarró a la niña y la dejó en brazos de Ellie-, hazte cargo de Alice y no discutas; yo buscaré las cervezas.



28 из 117