
«No ha llevado mi imagen en el corazón desde que nos vimos por última vez», pensó Ellie con tristeza. Estaba acostumbrada a que nadie la recordara. No es que no tuviese atractivo. Sencillamente no tenía nada especial, era normal. Pelo normal, ojos normales… Una cara normal y corriente.
– Hola, Jack.
Sus dedos se clavaron en el respaldo de la silla, hizo todo lo posible por parecer natural. Siempre pasaba lo mismo, tenía que fingir que le agradaba volver a encontrarse con un viejo amigo, aterrada de que alguien pudiese darse cuenta de lo que sentía. A veces se sorprendía de que todavía no hubiese ocurrido. ¿No se daban cuenta de lo que la afectaba su sola presencia? ¿No oían cómo el corazón golpeaba contra sus costillas?
El rostro de Jack se iluminó.
– ¡Ellie! -dijo, sonriendo y dándole un fraternal abrazo-. No te había reconocido. ¡Has crecido!
Ya había crecido tiempo atrás, pero él no se había dado cuenta. Siempre se sorprendía de que no siguiera correteando por ahí vestida con un peto y con coletas, pensó Ellie con cierta amargura. Siempre sería la hermana pequeña de Lizzy, demasiado pequeña para jugar con ella, demasiado pequeña para bailar con ella, demasiado pequeña para besarla.
– Me alegra volver a verte -continuó mientras le daba un último abrazo-. Hacía años que no te veía.
– Tres años y medio -dijo ella, arrepintiéndose al instante por dar la impresión de que llevaba la cuenta-. Aproximadamente -añadió sin convicción.
Le temblaban las piernas por el contacto con él y volvió a hundirse en la silla.
Jack dejó su sombrero en la mesa y a Ellie le pareció que su rostro se ensombrecía.
– ¿Qué has hecho durante todo ese tiempo? -preguntó él.
