«Amarte, intentar olvidarte».

– Bueno, ya sabes… trabajar, viajar, ese tipo de cosas.

Lo observó disimuladamente mientras él acercaba una silla y se sentaba frente a ella y, con cierta sorpresa, notó que en realidad no era el mismo. Parecía cansado, por primera vez desde que lo conocía, su radiante energía había desaparecido, sus ojos parecían apagados, no tenían el fulgor y el encantador atrevimiento de antes.

Mientras lo miraba sintió una sensación heladora en la boca del estómago. «¿Qué ha ocurrido?», quiso gritar, pero Jack estaba forzando una sonrisa a la vez que le preguntaba por dónde había viajado.

– Sobre todo por Estados Unidos -contestó, todavía desconcertada por el cambio en la expresión de Jack-. Cuidé niños una temporada y luego conseguí un trabajo en un rancho de Wyoming. Fue maravilloso.

– No entiendo por qué no te quedaste en casa -dijo Lizzy mirando a su hermana pequeña con afecto y resignación-. ¡No me puedo creer que hayas pasado tres años en Estados Unidos y no conozcas Nueva York!

– No me gustan las ciudades -Ellie no sabía por qué siempre se ponía a la defensiva con ese asunto-. No soy como tú, Lizzy. Me gusta el campo.

– No tiene nada de malo -dijo Jack con una leve sonrisa, mientras miraba a las dos hermanas.

Era difícil de creer que fuesen de la misma familia. Lizzy era rubia y chispeante, con unos intensos ojos azules y un estilo difícil de definir que, como siempre, eclipsaba a su hermana. Ambas usaban vaqueros, pero ese era el único parecido. Los de Lizzy tenían un corte precioso, y llevaba una blusa blanca más apropiada para ir de compras o para una comida al aire libre que para una finca ganadera en el interior del país.

Ellie, por el contrario, parecía preparada para ayudar en los establos. Sus vaqueros eran funcionales, la camisa azul estaba gastada y el pelo, que se ondulaba suavemente alrededor de su cara, tenía el corte más cómodo posible.



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