
Era Harry Lockwood.
– ¿Podrías venir a darle otro masaje a Fox?
– No puedo -contestó Phoebe.
– Pero ha preguntado por ti…
Phoebe creyó eso como, a los quince años, creyó a su primer noviete cuando le juró en el cine que iba a parar.
– Mira, si Fox me llama le daré una cita. Pero es domingo por la noche. No he cenado, tengo que lavarme el pelo, colocar mi ropa para la semana, cepillar a mis perros. Los domingos por la noche son sagrados para mí, ¿sabes?
– ¿Sólo porque tienes que lavarte el pelo?
– No, es que no creo que tu hermano haya preguntado por mí.
– Muy bien -dijo Harry antes de colgar.
El móvil volvió a sonar cuando estaba aparcando.
– ¿Phoebe? ¿Te dije la última vez que estoy locamente enamorado de ti?
Ella rió al reconocer la voz de Ben.
– Te lo juro, sois tontos. Pero la respuesta es no. No pienso ir a menos que Fox me llame personalmente.
Ben siguió hablando, como si no la hubiera oído:
– Yo nunca había querido casarme hasta que te conocí. Siempre me han gustado los traseros y el tuyo es el mejor que he visto…
– ¡Oye! Eso es jugar sucio.
– Tenemos que jugar sucio, Phoebe. Fox tiene problemas. Estaba bien unos días después de que pasaras por aquí, pero creo que no ha dormido nada en cuarenta y ocho horas. Si lo hubieras conocido antes de que pasara esto… Fox no paraba ni un momento. Estaba interesado en todo, en deportes, en la comunidad, en los niños. Le encantaban los niños. No te puedes imaginar lo bueno que era con ellos. Así que verlo aquí, en la oscuridad, sin hacer nada…
– Venga, Ben. Si a vosotros no os hace ni caso, ¿por qué demonios crees que yo puedo hacer algo? No puedo ir allí y obligarlo…
– Lo hiciste una vez.
– Tenía tal dolor de cabeza que habría dejado entrar al demonio si hubiera podido hacer algo.
