– ¿De verdad?

Aquello era demasiado para Polly. Al volverse a mirar a Simon, él los estaba mirando, como si supiera lo que estaban hablando.

– Me parece que el señor Taverner también está interesado en ti.

– Yo no estoy interesada en él -replicó Polly-. Y si él es tan rico como tú dices, no es muy probable que esté interesado en mí, ¿no te parece?

– No sé. Eres una chica preciosa, Polly.

– ¿De verdad? -repitió ella, sin aliento, avergonzándose de haber utilizado la misma expresión en varias ocasiones. Philippe se iba a pensar que su inglés era tan malo como su francés.

– Sí. ¿Acaso creías que no me había dado cuenta? Nunca he tenido oportunidad de hablar contigo. Martine te hace trabajar mucho, ¿verdad?

– Me gusta tener cosas que hacer -respondió ella, mintiendo porque, después de todo, Martine era su hermana.

– ¿Cuánto tiempo vas a seguir trabajando para Rushford?

– Hasta que vuelvan a los Estados Unidos.

– ¿No vas a ir con ellos?

– No, quiero quedarme en Francia -respondió, sin decirle que probablemente Martine no estaría dispuesta a tanto-. Quiero mejorar mi francés, pero tu hermana y Rushford hablan en inglés, lo mismo que todas las visitas, así que, casi no he practicado desde que llegué.

– Bueno, si quieres hablar francés, efectivamente debes quedarte en Francia. ¿Vas a buscar otro trabajo o te vas a dedicar a viajar?

– Espero que un poco de las dos cosas.

– Si te diriges hacia Marsillac, tienes que venir a verme.

– ¿Lo dices en serio?

– Claro -respondió Philippe, sacándose una tarjeta del bolsillo de la camisa-. Toma mi tarjeta.

– Gra-gracias -tartamudeó a duras penas Polly.

Aquella conversación había cambiado de un plumazo aquella desastrosa tarde. Hasta entonces, una sonrisa de Philippe le hacía sentirse en el paraíso, pero él la había invitado a ir a visitarlo… Polly no podía creer su suerte.



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