Tras echarle a Philippe una última mirada llena de ensoñación, Polly se volvió con la bandeja y se encontró con Simon, que la miraba con más severidad que de costumbre.

– ¿Quién era ése?

– Philippe Ladurie -suspiró Polly-. ¿A que es guapísimo?

– ¡Así que ése es Philippe Ladurie! -replicó él, con un bufido-. He oído hablar de él. Es uno de estos donjuanes que viven por encima de sus posibilidades y no tienen más talento que el de ser invitado a las fiestas y romper matrimonios.

– Es muy agradable -le dijo Polly, en tono desafiante. No estaba dispuesta a dejar que Simon le estropeara de nuevo la tarde.

– Eso es lo que tú crees. Pero siempre has tenido un gusto pésimo para los hombres.

– ¡Eso no es cierto!

– Sólo alguien como tú se podría sentir impresionada por un hombre como ése. ¡Míralo! Está tan seguro de sí mismo y es tan baboso que me sorprende que no se resbale con el rastro que va dejando.

– ¡Al menos él tiene encanto! -le espetó ella, muy enojada-. ¡Tú no reconocerías lo que es eso aunque lo tuvieras delante de las narices!

– Pues a Martine Sterne le parezco encantador.

– ¿Me vas a decir de una vez lo que estás haciendo aquí, Simon?

– Ya te lo he dicho. He venido a asegurarme de que estás bien.

– Si, claro, y, además, daba la casualidad de que tenías una invitación para la fiesta de Martine Sterne en el bolsillo.

– Eso no es del todo cierto. Martine Sterne siempre me está mandando invitaciones que yo inevitablemente tiro a la basura. Simplemente, ella dio por sentado que yo me acordé de que hoy daba una fiesta… ¿Qué estás haciendo? -preguntó Simon, al ver que ella cambiaba el peso de un pie al otro con un gesto de dolor.

– Me duelen los pies.

– Bueno, pues entonces, siéntate -le dijo Simon, buscando algún sitio para sentarse.



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