
¿Sexy? ¿De dónde se le habría ocurrido aquella palabra a Simon? Él no podría considerar a Polly sexy. Sacudiendo la cabeza mentalmente, se convenció de que se había equivocado de palabra.
Intentando apartar los ojos de las sombras del pecho que se vislumbraban a través de los botones abiertos del escote, intentó concentrarse en el delantal y en las largas piernas que estaban apoyadas encima de la mesa. Nunca antes de había dado cuenta de que Polly tenía unas piernas verdaderamente espectaculares.
– Además, lo de mis zapatos no tiene ninguna importancia -continuó ella, bajando de repente las piernas al suelo, ya que se había dado cuenta de cómo las estaba mirando él-. Lo que sí me parece importante es por qué no me dijiste que conocías a los Sterne, y más aún, porque no le dijiste a Martine que me conocías.
– Me dijiste que no lo hiciera.
– ¡Sabes perfectamente que te dije eso porque pensé que ella se enojaría mucho al descubrirte en la casa! Me podrías haber advertido que Martine se desharía al verte.
– ¡Estabas tan ocupada intentando echarme de la casa que no me dio tiempo a decirte nada!
– ¡Claro! ¡Como si alguien te hubiera podido impedir alguna vez decir lo que quieres! Lo que pasó fue que te pareció más divertido dejar que yo hiciera el ridículo.
– De acuerdo, lo admito. No me pude resistir, pero, si te sirve de consuelo, yo también me llevé lo mío. No tenía ninguna intención de ir a la fiesta, pero, cuando Martine me vio, no me quedó elección. ¡Acabo de escaparme de las garras de Rushford Sterne! Sin embargo, todo ha merecido la pena por poder haberte visto la cara al ver que Martine me saludaba.
– ¡Me alegro de que te hayas divertido! -exclamó Polly, con algo de amargura-. Pero supongo que nunca se te habrá ocurrido que, por eso, yo puedo perder mi trabajo.
– Tengo que admitir que nunca me había dado cuenta de que Martine fuera una mujer tan difícil. Lo siento. Si quieres, puedo hablar con ella y explicarle que ha sido todo culpa mía.
