Y Don tenía la misma idea, al menos eso decía.


El único problema era que él no estaba haciendo absolutamente nada para consolidar nuestra relación de pareja. Al fin y al cabo, era posible que mi escapada a Londres lo hiciera reflexionar.

Fui a buscarlo y lo encontré en el garaje de su casa, como de costumbre, limpiando y ensamblando piezas en el viejo Austin de l922. Le comuniqué la noticia y contuve el aliento.

– ¿A Londres? -preguntó con esa expresión tan dulce e inocente que le era tan propia y que yo adoraba. Era un hombre muy apuesto: alto, musculoso y de cabello rubio y ensortijado. Pero nunca había tenido que disputármelo con ninguna otra chica. Él sólo había tenido ojos para mí desde la más tierna infancia-. ¿Qué demonios piensas hacer en Londres?

«¡Oh, no!», pensé yo. Había supuesto que Don soltaría todas sus herramientas para estrecharme entre sus brazos llenos de grasa y proclamar al mundo algo como; «Tú no te vas a ninguna parte sin mí».

– Voy a escalar puestos en la central del banco -contesté yo irritada-. A darme un paseo, a cambiar de aires, a divertirme un poco -añadí intentando provocarlo.

Don frunció el ceño, no porque le disgustara que yo pensara divertirme, sino por algo más grave.

– ¿Te vas para siempre?

Durante un instante creí que al fin se aclararían las cosas entre nosotros. Pensé que él acababa de darse cuenta de que si no hacia algo inmediatamente yo podría desaparecer y no volver nunca más.

Soñé que soltaba las herramientas, me estrechaba entre sus brazos, etc., etc.

– Sí -contesté, dando por supuesto que si realmente quería hacer carrera, jamás podría volver a una sucursal tan pequeña como la de Maybridge.

Era algo que podía haber decidido hacía años, pero la rutina del pueblo me resultaba cómoda. A diferencia de mis hermanos, no corría ni una sola gota de sangre aventurera por mis venas.



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