Sólo había tomado el avión una vez, tan aterrorizada que me había puesto enferma. Jamás repetiría semejante experiencia. Además, me gustaba vivir en casa-. Puede que haya llegado el momento de cambiar de hábitos -añadí, esperando que el hiciera cualquier cosa para disuadirme. Un lamento de pesar podría ser un buen comienzo para empezar a planear un viaje a Bali durante el cual casarnos en una playa bajo la luz de la luna.

Se retiró el flequillo con las manos llenas de grasa y un gesto adorable.

– Supongo que debo felicitarte. Te echaré de menos -yo sonreí, antes de darme cuenta de que me había pasado de lista-, pero así tendré más tiempo para dedicárselo al coche.

¿Qué? Ya pasaba todo su tiempo libre debajo del capó de ese coche.

– Gracias -dije rechinando los dientes.

– Así que a Londres -repitió Don, como si se tratara de una lejana y extraña ciudad mitológica en vez de una metrópoli llena de actividad situada a tan solo una hora de tren desde Maybridge-. Estoy seguro de que te lo pasarás estupendamente.

«¡Pero yo no quiero irme!», grité en silencio para dejar mi orgullo a salvo. ¿Por qué no se daba cuenta de que no tenía ganas de pasármelo estupendamente en ningún sitio si no era junto a él? Todo lo que quería era que me quitara de la cabeza la idea de irme a Londres y propusiera que me trasladara a vivir con él y con su madre viuda hasta que encontráramos una casa que pudiéramos compartir los dos solos… No me molesté en hacer planes en voz alta…, ya sabía la respuesta. La señora Cooper, una insulsa hipocondríaca que nunca había conseguido recobrarse de la huida de su marido con la secretaria, me trataba amistosamente, pero yo tenía la sospecha de que bajo esa expresión edulcorada se escondía un odio profundo por mi persona y, además, una desaprobación completa de mi prolongada relación con Don.

Tuve la tentación de desnudarme y seducirlo allí mismo, en el garaje, pero el suelo era de cemento, hacia mucho frío y las manos de mi hombre estaban llenas de grasa de la peor especie. Solo una idiota, o una mujer desesperada, se atrevería a desprenderse de su ropa de abrigo en tales circunstancias. Y sí, yo estaba desesperada, pero a pesar de mi inexperiencia, era capaz de imaginar que nadie, en un estado próximo a la congelación, sería capaz de encender una llama de deseo.



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