
– Tengo que confesarte que casi te envidio -dijo Don-. Poder ver todos esos museos…
¿Museos? ¿Era esa la idea que tenía él de pasarlo estupendamente? Tuve ganas de abrazarlo, pero su mono estaba asqueroso, aunque si hubiera llevado puesto el jersey de la tía Alice, no me hubiera importado tanto.
– Acaba de ocurrírseme que si vas al Museo de Ciencias -añadió él con cierto brío-, podrías…
¿Al Museo de Ciencias? Podría apetecerme ir a ver las joyas de la corona, pero… ¿ir al Museo de Ciencias? Había perdido el hilo de la conversación…
– ¿Me lo prometes? -pregunto él.
¿Prometer? ¿Prometer qué? Dios santo, debería haberlo escuchado.
– ¿Por que no te vienes a pasar un fin de semana conmigo? -contesté, aprovechando la oportunidad-. Podríamos ver el Museo de Ciencias juntos.
Él echó un vistazo a su alrededor, incómodo.
– No creo que pudiera dejar a mi madre tanto tiempo sola, ya sabes que sufre de los nervios.
Era verdad, esa mujer había conseguido destrozar todos los planes que yo había hecho con Don durante los últimos cuatro años, apelando a sus repentinas crisis nerviosas. Esa fue también la razón de que el viernes, una vez que hubieron partido mis padres, tuviera que cargar yo sola con la maleta para irme a la estación. Don se había tomado la tarde libre para acompañarme, pero su madre había sufrido un pequeño ataque diez minutos antes de la hora acordada para salir. Estuve a punto de fingir yo misma otro ataque de nervios semejante, pero Don tenía una expresión tan preocupada que lo dejé irse a casa para esperar al médico mientras yo llamaba a un taxi y me metía en el tren.
