
Don dispondría de seis meses para saber cómo era la vida sin que yo estuviera rondando por allí, acercándole un destornillador de punta plana incluso antes de que él lo pidiera.
Y yo tendría seis meses para acicalarme un poco y sacar partido a ciertas partes desatendidas de mi carácter para que, cuando volviera a Maybridge, Don cayera a mis pies antes de que su madre pudiera darse cuenta.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Paddington, metí la revista en el bolso para terminar de leerla en otra ocasión y tiré de la maleta.
Me enfrentaba a una nueva vida, con un nuevo trabajo y ropa nueva que tendría que comprar. Estaba en Londres y pensaba sacarle el mayor partido posible a la gran ciudad.
No llegué a rugir cuando me uní a la multitud que se dirigía hacia el metro, pero en mi mente ya se estaba forjando la imagen de una «tigresa».
Capítulo 2
Es hora punta y está lloviendo. Paras un taxi al mismo tiempo que un desconocido apuesto, alto y moreno, y él sugiere que lo compartís.
¿Qué harías?
a. Pensar que te ha tocado la lotería, coquetear al máximo hasta llegar a tu destino y abandonar el taxi entregándole tu número de teléfono con una sonrisa que dice claramente: «Llámame».
b. Acordarte de que tu madre no lo aprobaría, pero está lloviendo y él no parece ser un asesino en serie. ¿Qué importa?
c. Lo mandas a la porra, te metes en el taxi, y lo dejas plantado sin contemplaciones.
d. Le dejas que tome el taxi y esperas a que llegue otro.
e. Te vas andando.
Después de haber sobrevivido a las estrecheces del metro, y habiéndome equivocado de dirección sólo dos veces, finalmente emergí a la luz del día.
