La expresión humorística se borró al instante del rostro de Miles.

– Sabes que no tienes más que pedírmelo.

A Austin se le escapó un suspiro que había estado reprimiendo sin darse cuenta. Desde luego que podría contar con Miles, como siempre. El hecho de ocultarle secretos a ese hombre que había sido su mejor amigo desde la infancia lo hacía sentir culpable. «Es por su propio bien por lo que no le he contado las circunstancias en que se desarrollaban las actividades de William durante la guerra», se dijo.

– Necesito que hagas unas indagaciones discretas.

Un brillo de interés se encendió en los negros ojos de Miles.

– ¿Sobre qué?

– Sobre cierta dama.

– Ah, entiendo. ¿Ansioso por atarte al yugo matrimonial? -Antes de que Austin pudiese contradecirlo, Miles continuó, imparable-. La verdad es que no te envidio. No hay una sola mujer en el mundo con la que yo quiera compartir la mesa a diario. Sólo de oír las palabras «hasta que la muerte os separe» me dan escalofríos de espanto. Pero supongo que debes atender a las obligaciones inherentes a tu título, y ya no eres un jovencito. Cada día doy gracias a Dios por el hecho de que mi primo Gerald pueda heredar mi título. Por supuesto, Robert puede heredar el tuyo, pero ambos sabemos que tu hermano pequeño tiene tantas ganas de ser duque como de contraer la viruela. De hecho…

– Miles. -Esa única palabra, pronunciada con brusquedad, interrumpió el flujo de palabras.

– ¿Sí?

– No me refiero a ese tipo de dama.

Una sonrisa de complicidad se dibujó en los labios de Miles.

– Ajá. No digas más. Necesitas información sobre alguien que no es precisamente… una candidata virtuosa apropiada para ti. Entiendo. -Le guiñó el ojo a Austin-. Ésas son las más divertidas.

La frustración comenzó a apoderarse de Austin, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura.



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