
Miles lo escrutó durante largo rato.
– Veo que esto es importante para ti.
Una imagen de William acudió a la mente de Austin.
– Sí.
En silencio intercambiaron una larga mirada que reflejaba los años de amistad que los unían.
– Me marcharé por la mañana -dijo Miles-. Mientras tanto, me pondré a investigar inmediatamente tanteando a algunos de los invitados a la fiesta respecto a la dama en cuestión.
– Excelente idea. Huelga decir que quiero que me transmitas cuanto antes toda la información que logres recabar.
– Entendido. -Miles apuró la copa de brandy y se puso de pie-. Supongo que sabes que la señorita Matthews y lady Penbroke se alojarán aquí durante las siguientes semanas en calidad de invitadas de tu madre.
– Sí. Enviarte a ti a Londres me deja las manos libres para quedarme aquí y no quitarle el ojo de encima a la señorita Matthews.
Miles enarcó una ceja.
– ¿Es eso lo único que quieres ponerle encima? ¿El ojo?
Austin endureció más aún su gélido semblante y le preguntó con severidad:
– ¿Has terminado?
Miles, sabiamente, tomó nota de los aires árticos que empezaban a soplar.
– He terminado del todo. -Su expresión se serenó y, en un gesto amigable, puso una mano sobre el hombro de Austin-. No te preocupes, amigo mío. Entre los dos lo averiguaremos todo sobre la señorita Elizabeth Matthews.
Una vez que la puerta se hubo cerrado a la espalda de Miles, Austin sacó una llave plateada del bolsillo del chaleco y abrió con ella el cajón inferior de su escritorio. Extrajo la carta que había recibido hacía dos semanas y releyó las palabras que ya tenía grabadas a fuego en el cerebro:
Vuestro hermano William fue un traidor a Inglaterra. Tengo en mi poder la prueba, firmada de su puño y letra. Guardaré silencio, pero eso os costará dinero. Debéis viajar a Londres el día primero de julio. Allí recibiréis nuevas instrucciones.
