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Poco antes del amanecer del día siguiente, Elizabeth salió de puntillas de su habitación con una bolsa.

– ¿Adónde vas tan temprano, Elizabeth?

Ésta por poco se desmaya del sobresalto.

– Cielo santo, tía. Joanna, me has asustado. -Le sonrió a la mujer que le había abierto sin reservas su corazón y su hogar-. Pensaba dar un paseo por los jardines y hacer algunos bosquejos. ¿Quieres acompañarme?

Una expresión de horror asomó al rostro rechoncho de su tía.

– No, gracias, querida. El rocío de la madrugada me arrugaría las plumas. -Y acarició tiernamente las plumas de avestruz que sobresalían de su turbante de color verde pálido-. Me iré a leer a la biblioteca hasta la hora del desayuno. -Tía Joanna ladeó la cabeza y Elizabeth se inclinó hacia atrás para evitar el roce de las plumas-. ¿Te encuentras mejor?

– ¿Cómo dices?

– Su excelencia me informó anoche de que te habías retirado debido a un dolor de cabeza.

Elizabeth notó que se ruborizaba.

– ¡Ah, sí! Me siento mucho mejor.

Su tía la observó con franca curiosidad.

– Obviamente tuviste oportunidad de hablar con el duque. ¿Qué impresión te causó?

«Que es arrebatadoramente atractivo. Y solitario. Y cree que soy una mentirosa.»

– Me pareció… encantador. ¿Te divertiste en la fiesta, tía Joanna?

Un resoplido impropio de una dama brotó de los labios de su tía.

– Estaba pasándolo bien hasta que lady Digby y sus espantosas hijas me rodearon y no me dejaron escapar. Nunca en la vida me había topado con semejante hatajo de atolondradas cotorras. Me sorprendería mucho que lograse casar a una sola de esas pécoras aduladoras. -Alargó el brazo y acarició la mejilla de Elizabeth-. Está verde de envidia porque mi sobrina es tan guapa. No nos costará mucho conseguirte un marido.

– Por si no lo has notado, tía Joanna, apenas podemos encontrar algún caballero dispuesto a bailar conmigo.



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