
Austin no sabía si su aspecto lo escandalizaba o le hacía gracia. ¿Quién demonios era esa mujer desmelenada y cómo había conseguido entrar en su casa? Caroline y su madre habían confeccionado la lista de invitados para la fiesta, de modo que con toda seguridad la conocían. ¿Por qué él no?
Por otro lado, el hecho de que la muchacha lo tratase de «señor» parecía indicar que ella tampoco lo conocía a él, cosa que le sorprendía, pues tenía la impresión de que toda mujer viviente de Inglaterra iba tras él, decidida a conquistarlo.
Pero aparentemente esta mujer no. Lo contemplaba con una expresión que le decía claramente: «Quiero que se vaya usted de aquí», cosa que lo irritaba y al mismo tiempo avivaba su curiosidad.
– ¿Le importaría explicarme qué hacía usted acechando entre los arbustos, señorita…? -preguntó, todavía algo receloso por su súbita aparición.
¿Se disponía la madre de la joven, con un séquito de damas indignadas, a emerger del seto y a acusado a gritos de haberla deshonrado?
– Matthews. Elizabeth Matthews. -Ejecutó una torpe reverencia que hizo que varios terrones se le desprendieran del vestido-. No estaba acechando. Estaba andando cuando oí maullar un gato. El pobrecillo estaba atrapado en los arbustos. He logrado liberado, pero no sin acabar atrapada entre las mismas ramas.
– ¿Dónde está su dama de compañía?
– Bueno… -titubeó ella, avergonzada-, la verdad es que me he escabullido mientras ella bailaba.
– ¿No estará acechando entre las matas?
La pregunta pareció desconcertarla hasta tal punto que Austin supo que o estaba sola o era una de las mejores actrices con las que había topado. En realidad, sospechaba que la interpretación no era lo suyo; tenía unos ojos demasiado expresivos.
