
– He oído que eres una buena chica -dijo mirándola de soslayo, mientras el coche corría entre el paisaje verde-. ¿Es verdad?
– Depende de lo que entiendas por buena -dijo Jane.
– Todo el mundo habla de lo encantadora que es Jane Makepeace -explicó, como si hubiera sentido su repentina disconformidad-. Jane cuida de su hermano, Jane es amable con las mujeres mayores, Jane nunca da preocupaciones a su padre… ¡No puedes ser tan sensata!
– ¿Qué pasa con ser sensata?
– Nada -dijo Lyall-. Nada si eres una persona de mediana edad, pero tú no eres mayor, ¿verdad? -dijo mirando su pelo sedoso y sus largas pestañas-. Eras una niña cuando te dejé, o me habría dado cuenta, así que no puedes tener más de dieciocho años ahora.
– Diecinueve.
– ¿Tan mayor? -Jane odió la burla que notó en su voz.
Ella sabía que tendría unos veinticinco o veintiséis años, pero ya tenía la seguridad de un hombre adulto-. Eres demasiado joven como para ser sensata y aburrida. Tienes que aprender a divertirte.
– ¡Sé cómo divertirme! -protestó Jane.
– ¿Sí? -replicó con escepticismo.
– ¡Sí!
– De acuerdo, vayamos al mar y veamos si el sol brilla.
– ¿Ahora?
– ¿Por qué no?
– No… no puedo -acertó a decir-. Tengo que hacer la compra.
– La haremos cuando volvamos.
– ¡Pero no puedo estar un día fuera! Todo el mundo se preguntará dónde estoy.
– Telefonea y di que acabas de encontrar un viejo amigo y que volverás tarde -sugirió Lyall-. ¿O es que sólo te diviertes cuando lo piensas una semana antes y además tu padre está de acuerdo?
