Por supuesto, tenía que haberlo ignorado. Tenía que haber dicho que no le importaba lo que él pensara, y haber insistido en que la dejara en el supermercado. En lugar de ello, permitió que la llevara al mar. Las nubes desaparecieron y el sol salió.

Y así empezó todo.

¿Lo recordaba Lyall? Jane se quedó mirando al volante como si fuera un ancla contra la marea que traía sus recuerdos. Fuera, la lluvia golpeaba contra el cristal delantero, pero en la furgoneta el aire era denso y la tensión se palpaba en la atmósfera.

– ¿Por qué has vuelto? -preguntó Jane bruscamente. Lyall se giró para mirar su cara.

– ¿Por qué no iba a hacerlo?

– Has sido feliz sin aparecer en diez años -declaró Jane, odiando el tono acusatorio en su voz.

– No había ninguna razón para que volviera antes -dijo, y sus ojos se posaron un segundo en la boca de Jane-. ¿O la había? -él puede que hubiera dicho que sólo recordaba los buenos momentos, pero la amargura de su despedida flotaba indudablemente entre ellos como una condena. Jane miró la lluvia.

– ¿Y qué razón tienes ahora?

– Negocios… -dejó caer vagamente.

– ¿En Penbury? Creía que éramos muy provincianos para ti.

– Quizá tenga la esperanza de que otras personas hayan cambiado más de lo que tú lo has hecho -dijo, y ella se ruborizó. Siempre había sabido cómo dejarla en mal lugar.

– Eso no explica por qué has estado merodeando en Penbury Manor -replicó de manera cortante.

La expresión de Lyall no cambió, sin embargo, Jane tuvo la certeza de que estaba de repente divertido por algo.

– No estaba merodeando. Tampoco tengo por qué explicarte nada, pero te diré que he pensado últimamente en la casa solariega, y quise volver a verla.

Instintivamente ambos miraron a la vieja mansión. Incluso bajo la lluvia, sus altas chimeneas y sus ventanas poseían una belleza intemporal y serena.

– ¿Recuerdas que una vez te dije que la compraría para ti algún día?



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