
Claro que lo recordaba. Estaban en esos momentos en el bosque, mirando hacia la casa, y los rayos del sol producían sombras en la cara de Lyall mientras desabrochaba los botones de la camisa de ella. Aquella había sido la primera vez que habían hecho el amor, aquel día ella había creído que la promesa de él era diferente de las promesas que había hecho a todas las otras chicas de Penbury a las que había besado. Sus manos habían sido tan cariñosas y firmes contra su cuerpo, su boca tan excitante…
– Es una suerte que no hubiera contenido la respiración, ¿verdad?
– Menos mal -admitió tranquilamente Lyall, furioso.
Jane pensó con rapidez. El pasado era evidente que no significaba nada para él, así que ¿por qué tenía ella que enfadarse?
– ¿Dónde has dejado tu coche? -quiso saber Jane.
– En el King's Arms. ¿Quiere eso decir que me llevas hasta mi coche?
– No parece que tenga otra alternativa. Bastante mal tiempo vas a tener ya volviendo hacia donde vayas.
– No voy a ir a ningún sitio. Me quedaré en el pub.
– ¿Te quedas? -dijo Jane, con el corazón en vilo-. ¿Cuánto tiempo?
– Eso depende -dijo Lyall. A continuación miró enfadado a Jane. Ella tenía el rostro vuelto hacia la lluvia, con el pelo castaño detrás de las orejas. Su cara era más delgada y de expresión más cautelosa que cuando tenía diecinueve años, pero su piel era igual de clara y suave.
– Sé que tú diriges Makepeace and Son ahora -continuó después de una pausa.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Jane con suspicacia.
– Estuve ayer noche en el pub -dijo, como si eso lo explicara todo-. Por lo que escuché, sigues siendo la chica amable y buena que ayuda a las mujeres mayores y hace los adornos de flores para la iglesia.
– ¡Tú no tienes por qué ir preguntando nada sobre mí! -protestó furiosa.
– No te enfades, Jane, tú sabes cómo son en este pueblo. Ni siquiera tuve que preguntar, todos los que se acordaban de mí estaban impacientes por contarme lo buena que eras desde que estabas sin mí.
