
– ¡Tú solías despreciar los cotilleos del pueblo!
– Pero me he dado cuenta que puede ser útil escucharlos -declaró Lyall, sentándose cómodamente en su asiento-. Por ejemplo, me enteré de un montón de cosas sobre ti que nunca me habrías contado.
– ¿Por ejemplo?
– Por ejemplo que no estuviste fuera mucho tiempo. Volviste sin terminar siquiera tu primer año en la escuela de agricultura.
– Tuve que volver. Mi padre no podía estar solo.
– Y como tú eres una chica tan buena viniste enseguida.
– ¿Quieres decir que si tu padre tuviera un ataque de corazón dejarías que se recuperara solo?
– Mi padre es capaz de cuidarse por sí mismo -contestó enojado.
– ¡Pues mi padre no! Necesitó que me ocupara de la empresa mientras él estaba enfermo.
– ¿Por qué tuviste que hacerlo tú, y no tu hermano?
– Kit era demasiado joven.
– Entonces puede que sí, pero ahora no es demasiado joven, ¿no te parece? He oído que se ha ido a Sudamérica y te ha dejado que te ocupes de todo tú sola.
Jane se concentró en la carretera para no dejar que Lyall se metiera dentro de su corazón.
– Kit estaba en la universidad cuando mi padre se murió. Fue una estupidez que no terminara la carrera. Yo había estado ayudando a mi padre en el despacho desde que sufrió el primer ataque, y había aprendido a llevar todo. Kit no estaba preparado para establecerse cuando terminó su licenciatura. Quería viajar, y no me importó hacerme cargo de todo.
– Siempre has tenido excusas para defender a Kit. Es con la única persona con la que no eres objetiva.
Tampoco había sido muy objetiva con Lyall, pero no se lo podía decir.
– Nunca te gustó Kit -lo acusó suavemente.
– Eso no es verdad. Lo que nunca me gustó es que te convirtieras en una mártir de él. Siempre estabas preocupada por volver para hacerle la comida, planchar sus camisas o limpiar sus zapatos.
