– ¡Era sólo un niño!

– Tenía trece años, con esa edad cualquiera es más independiente.

Jane suspiró profundamente. Era una discusión antigua. A Lyall nunca le había gustado lo apegada que estaba a su padre, y nunca había entendido que tuviera que cuidar de su hermano pequeño desde que su madre había muerto, cuando Jane tenía once años.

Lyall mismo se dio cuenta de lo inútil que era seguir discutiendo sobre el pasado.

– Así que Kit está en Sudamérica, y la buena de Jane permanece pegada a Penbury, cuidando la fortaleza.

– Si te gusta explicarlo así -dijo Jane, con cara seria.

Él la miró de nuevo.

– Tú eras siempre feliz en el jardín. No puedo imaginarte poniendo la electricidad de la casa o instalando nuevas cañerías.

– No lo estoy haciendo yo. Hemos contratado a especialistas para que hagan toda la restauración del edificio. Yo sólo me dedico a hacer la parte burocrática e intentó encontrar suficiente trabajo para que ellos lo hagan.

– De todas maneras no es lo que te gustaría hacer, ¿a que no?

Jane recordó su ilusión de terminar el curso de jardinería algún día, y trabajar como diseñadora de jardines. Era una cosa bastante alejada del trabajo de contabilidad que tenía que hacer para Makepeace and Son.

– No exactamente -admitió.

– ¿De qué sirve pasarte la vida haciendo algo que no te gusta? -preguntó Lyall, como muchas veces en aquellos años había preguntado-. Tu padre está muerto. Tú hiciste lo que pudiste por él. No hay nada que te impida vender la firma y dedicarte a la jardinería.

– No es tan fácil -los limpiaparabrisas se movían rápidamente y en los campos, las ovejas se agrupaban a lo largo de los límites buscando algo que las protegiera de la lluvia torrencial. Era una tarde oscura de diciembre, y Jane casi se olvida de encender las luces del coche-. No puedo dejar a Dorothy y a los demás sin trabajo sólo porque yo esté harta.



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